sonrisa de paralítico


-Más adelante te reprochará haber decidido por ella, sin dejarle la libertad de elegir.
– Haces de ella una excepción, una excluida. Es duro para una niña afrontar la muerte, el mal, si no cree en Dios. Si creyera eso le ayudaría.

 

El hombre está aplastado por la técnica, alienado por su trabajo, encadenado, estupidizado. Todo el mal proviene de que ha multiplicado sus necesidades en vez de contenerlas. Contentarse con un mínimo vital como aún lo hacen ciertas comunidades muy pobres donde el dinero no las ha corrompido, donde conocen una austera felicidad.

 

Bajo su mirada se siente preciosa. Preciosa: se deja caer en la trampa. Creemos tener apego a un hombre, piensa Laurence: tenemos apego a cierta idea de nosotros mismos, a una ilusión de libertad o de imprevisto, a espejismos.

 

Existimos. Se trata de no advertirlo, de tomar impulso, de ir de un tirón hasta la muerte. El impulso se cortó hace cinco años. Me repuse. Pero el tiempo es largo. Siempre volvemos a caer. Ya pensar en ello es resbalar hacia la neurosis.

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